sábado, 31 de marzo de 2007

Supersónico

Supersónico

Como aquel día que abordé el jet supersónico 623 hacia los espirales de polvo de estrella astillada y acabé en una cobacha café madera de la gruesa con hongos por doquier, lo bueno es que había cerveza que salía del moho de las paredes descoloridas que pintaban vírgenes con herrumbre.
Yo era vigilado por seres alados que lo único cierto que tenían, era su condición de voladores etéreos; las alas estaban hechas de plumas ectoplásmicas y su figura era casi indescifrable debido a la fugacidad propia de los seres fantásticos y supernaturales. El problema era que para mis ojos sus partículas subatómicas se movían demasiado rápido y en largas distancias por lo que pueden aparecer y desaparecer a placer y en espectros difuminados. Ondas hertzianas de dimensiones continentales también se colaban entre los poros de los muros húmedos y deslavados; surrealismo en las paredes creadas por el azar y el tiempo.
El aliciente era sentir romper el aire, literalmente colarse entre los poros aéreos, entre esos pliegues que existen entre la molécula H y la molécula O y echarle un vistazo a la dimensión que funciona paralelamente detrás, resguardada de todas las contaminaciones de los mundos materiales.
Yo quería escalar por las grietas negras del universo agarrado firmemente de algún equipo de suave constitución, casi imperceptible a las básculas y que me sirviera de bastón-radar por los laberintos invisibles de los macroespacios.
Pero algo salió mal y me mandó a mudar a esta cumbacha de tonos esquizos en donde animales que producen fobias se convierten en mi alimento principal; en este micro ecosistema en el que parece ser que estoy en la cima de la cadena alimenticia a no ser que a los seres quasi-espirituales se les ocurra demostrar su condición de cambiadores del destino y me aplasten como yo aplasto a las cucarachas y me botaneen como yo lo hago con los insectos de aquí o me utilicen para saciar su sed de sangre como yo lo hago con las ratas.
Las manchas religiosas a veces se tridimensionalizan burlándose de mis ojos y engañando a mis creencias que distan mucho de ser normales.
El peor castigo para un alma es el estar encerrada en un cuerpo decrepito y poder vislumbrar los alcances desencarnados que se suceden del otro lado del aire, sin embargo, a la mía le bastaría con andar por tus calles y callejones citadinas.

OSWALDO PÉREZ CABRERA

ALMAS VAGABUNDAS

ALMAS VAGABUNDAS

Tal vez porque extrañaba caminar por los callejones no iluminados, tal vez porque los charcos apenas reflejaban un crepúsculo en medios tonos. Pero más bien era porque estaba buscando el mundo de las velas; aquel en donde se forma una procesión casi infinita de vidas perecederas esperando por el soplo eterno. Al final todo es porque soy un vagabundo imperial, tengo el alma rota y busco la redención en algún resquicio de la ciudad sudada. También es porque extraño tu aliento y las veces que respirabas el mismo aire que salía de mis pulmones y yo olfateaba los rastros de alcohol y tabaco que salían de tu interior. Simplemente porque soy un cazador de almas que se inmiscuye como un espectador dentro de los teatros particulares. ¿Hasta dónde puedo diferenciar cuando soy partícipe o sólo un testigo de los filmes de la vida? En algún rincón encuentro la forma de volverme ubicuo y puedo acariciar esta ciudad garabateada con tecnología y vestida en cuero negro con adornos color graffitti. Entonces todas las historias parecen converger dentro de mi psique y me siento como un semi dios que se distrae con cuentos prestados para poder disfrazar las carencias de su reinado. Entonces justifico a mi dios. Dentro del ghetto puedo ver las paredes manchadas de auras chiclosas, la velocidad de la mente se reduce por debajo de los límites permitidos y yo aprovecho para soplar algunas velas para ver los resultados de las acciones prepotentes dignas de los seres poderosos. Al sentir la tenue fragilidad de los hilos de la vida me espanto y retrocedo hacia un paraje más inofensivo. No sé por qué siempre me gustó la comida de los hospitales, tal vez porque allí podía ver algunas almas convalecientes tratando de decidir si cruzar la alambrada o seguir en alguna represión corporal, entonces yo puedo tragármelas y absorber sus historias como humo de cigarro. Mejor dicho inhalo el eco del humo sobrante cuando sus velas son extinguidas, ese último resquicio que me permite repasar las letras tatuadas en los pliegues del tiempo; entonces vuelo a velocidades extravagantes para aspirar los santos humos.
En las cavernas del mundo habitan seres que nos otean desde azoteas invisibles como esperando el momento de la catarsis, yo los he visto mientras me escurro por los pasadizos color sepia que se entreabren silenciosamente entre las partículas más livianas. Tienen un color enfermo que no corresponde a ninguno de los de aquí. Generalmente me escabullo a través de la dimensión de los espejos y ya de este lado el espejo del baño no se muestra tan cruel. Observo los cráteres de mi rostro apagado, como un mapa lunar lleno de árboles negros sin vegetación, como si fueran púas épicas levantándose para proteger el territorio de adentro, el que está más allá de la carne en el último resquicio de la privacidad. Pero, por lo pronto puedo pasar una temporada de 18 horas entre la normalidad de las caretas y tratar de plasmarlo en las letras de la historia.

OSWALDO PEREZ CABRERA.

La Cloaca

LA CLOACA


CAPÍTULO I

Aquella noche de mi llegada, el pueblo parecía muy tranquilo, como una postal de Buñuel. Era verano y hacía mucho calor, miré a través de la ventana y vi la calle desierta, la soledad, el bochorno y yo. Decidí tomar un baño y salir a caminar.
El pueblo era pintoresco, con calles rectas y bien trazadas, pero angostas y terregosas. La mayoría de las casas eran pequeñas, de un piso, algunas con herrumbre y descoloridas; salvo la del presidente municipal y las de uno que otro comerciante que había hecho fortuna en la región, la mayoría de ellos narcotraficantes que aprovecharon lo recóndito del pueblo para vivir su retiro tranquilamente. De uno de ellos era la posada en la que me alojé, un edificio con escasos cuatro pisos y veinte habitaciones bastante modestas. Mi cuarto tenía una cama individual, una cómoda con un espejo de medio cuerpo y un baño. El tamaño claustrofóbico hacía más insoportable el calor.

Había llegado esa mañana por una brecha de tierra y lodo de unos 50 kilómetros de largo. Me entrevisté con el presidente municipal en su casa ubicada al sur del pueblo y delimitándolo con una zona a la que llaman “La cloaca”; un lugar pantanoso, enmarañado y nebuloso que contrastaba con la sensación de aridez que daba el poblado, un capricho de la naturaleza tal vez. Muchas leyendas se levantaron en torno a la Cloaca: Unos decían que era habitada por una secta diabólica, otros decían que era morada de brujas y los más supersticiosos afirmaban que era el mismo diablo el que vivía dentro...

El lugar ciertamente me provocó escalofríos y una especie de ansiedad, pero mi intención era la de hacerla desaparecer para realizar diversas obras que sirvieran para modernizar aquel pueblo, en donde parecía que el tiempo había detenido su marcha en épocas de Lázaro Cárdenas. Un hospital, una escuela y hasta un balneario eran algunas de las ideas que surcaban por mi cabeza, al fin y al cabo iba recomendado por el gobernador y no me esperaba encontrar con ningún problema.

El presidente municipal se llamaba Anastasio González, era alto, robusto, de rostro solemne y mirada fija, como perdida en el vacío, su voz de mando era franca y dura. Mandó pedir unas cervezas a uno de los peones y ordenó que no se nos molestara, los peones le tenían mucho respeto, un respeto que parecía pavor. Yo encendí un cigarrillo y mientras contemplaba la sala que parecía de la época de Porfirio Díaz, le expuse mis planes dándole varias opciones en busca de un consejo, me puse de pie mientras hablaba y examiné los cuadros de sus antepasados, todos con aquella sombra que parecía cubrirlos y que el mismo Anastasio también poseía. Él me escuchaba con la vista fija en la cerveza sin hacer ningún gesto o ademán que asintiera o reprobara mis palabras, traté de buscar información con frases como: “¿Qué le parece?” pero sólo hacía una mueca de indiferencia como si estuviese loco, frunciendo el bigote en donde se asomaban algunas canas. Apagué el tercer cigarro y concluí con las ventajas que tendría el pueblo con las obras y la desaparición de la Cloaca y con ella los cuentos de superchería, animales, demonios y brujería y esto aunado a una carretera que por fin comunicara al pueblo con la civilización. Se hizo el silencio, yo esperaba impaciente una respuesta, suspiró hondo mientras yo jugaba con la botella de cerveza y me dijo con una voz parsimoniosa y serena:
- Sus planes son muy difíciles de realizar y si me apura imposibles, en primera, ningún peón se adentraría en la Cloaca, y si yo fuera usted tampoco lo haría, me olvidaría de este pueblo y regresaría a la ciudad o me quedaría a vivir de acuerdo a nuestras costumbres. En segunda, todo el progreso del que usted me habla no lo necesitamos, los habitantes del pueblo son felices así con sus supersticiones y leyendas, que a final de cuentas son más sanas que su mundo de mierda y además ¿Quién le ha dicho a usted que son supersticiones? En tercera, desaparecer la Cloaca implica muchísimo dinero, trabajo y tiempo que no estamos dispuestos a gastar. Ustedes lo creen todo muy sencillo, pero es preferible dejarnos así como estamos. Todo tiene una razón de ser y si esta maldición cayó sobre nuestra comunidad es porque así debe de ser, además aquí todos somos muy huevones, así que si se quiere quedar como turista es bienvenido, pero si no, es preferible que regrese a su tierra y se olvide de nosotros.- concluyó dejando interrogantes y un dejo de apuro porque me marchara. Don Anastasio rechazó también todos las propuestas monetarias del gobierno federal y del estado.
Lo amenacé diciéndole que me quejaría con mis superiores cosa que le causó hilaridad. De todas maneras, nunca supe a ciencia cierta quien me había mandado a este lugar, todo fue tan extraño, incluso pensé que me querían alejar de mi trabajo como ingeniero de ciudad.

CAPÍTULO II


Estuve repasando las palabras de mi anterior interlocutor mientras me vestía, me pareció un mal augurio encontrarme con un obstáculo el primer día, un obstáculo que parecía insalvable ya que parecía muy difícil persuadir a la máxima autoridad del pueblo. Además, todos daban la impresión de tenerle miedo a la mentada zona esa.
Chequé mi reloj y marcaba las 9:35. Unos pantalones de mezclilla y una camisa y salí dispuesto a ponerme una borrachera que me relajara y despejara mi cabeza. Bajé las escaleras y me encontré con el recepcionista cuyo nombre era Pancho y además de recepcionista era el milusos de la posada.
-¿Va a salir?- me preguntó extrañado.
-Sí-le contesté- voy a tomar un poco de aire fresco porque este calor está de la chingada mano.
- Aquí nadie sale a esta hora patrón, mejor abrimos un tequila y unas cervecitas y pisteamos un rato antes de que se vaya a dormir, afuera no va a encontrar nada bueno.
Le sonreí haciéndole un ademán de que regresaría después de dar una vuelta. Salí y en efecto las calles estaban vacías, sólo un perro cojo daba la vuelta en la esquina, el cielo estaba despejado, se podían contar miles de estrellas allá arriba y la luna brillaba llena y plateada a un costado de la noche. Caminé cuatro cuadras con la única compañía de un cigarro. De pronto, divisé una silueta al otro lado de la calle, pero al cruzar había desaparecido –pinche costumbre de voltear antes de cruzar-pensé y seguí caminando. Dos cuadras más adelante al doblar una esquina me topé de frente con una mujer, casi la arrollo por lo que me disculpé después de darle las buenas noches.
-Me podría decir en donde está la plaza o algún bar abierto a estas horas, vera, no soy de aquí y quisiera tomarme una copa.
La mujer llevaba un vestido negro y largo; un velo tapaba su cara, se rió y se descubrió la cara mostrando una belleza que combinaba con la oscuridad de la noche, tenía unos ojos negros, profundos y una mirada penetrante que me provocó un escalofrío; sus ojos parecían no tener fondo, tenía unas facciones muy finas incluyendo sus labios delgados como su cuerpo al que parecía que un ventarrón podría quebrar y el cual poseía unas formas bien definidas. Pensé que tal vez estaría guardando luto por algún familiar o amigo.
Me sonrió haciéndome un ademán para que la siguiera, me tomó del brazo y comenzamos a caminar, yo estaba un poco aturdido por la rara personalidad de la mujer que caminaba a mi lado en silencio.
-Es raro encontrar a alguien a estas horas y más raro encontrar algo abierto-dijo después de un par de minutos con una voz grave pero agradable-pero yo conozco un lugar.
-Ya me lo habían dicho. ¿Cómo te llamas? Pregunté un poco nervioso.
-Mabel-respondió simplemente.
-¿Eres de aquí?-mi curiosidad iba en aumento pero ella sólo me sonrió y no obtuve respuesta alguna por lo que no me atreví a hacer otra pregunta.
Pasamos frente a la casa de Anastacio González y alcancé a ver la bruma característica de la Cloaca. Mi nerviosismo se hizo mayor, me daban escalofríos y una ansiedad acompañada con un vacío en el estómago. Ya había sentido esa sensación anteriormente y no me gustaba para nada. A la orilla de la Cloaca llegamos a una pequeña casa que hacía las veces de bar con letras rojas que decía “El Zumbidero”. Entramos. Sólo había diez mesas de madera con sillas plegables, había una rocola y una pareja bailando a ritmo semi lento. También había dos mujeres recargadas en una de las paredes que parecían prostitutas; nos sentamos en la barra y pidió lo de siempre al cantinero; un tipo sucio con la mirada desorbitada como si estuviese desconectado de este mundo. Después nos sentamos en una mesa del centro de la cantina rural y nos trajeron una bebida de color rosado oscuro. Al principio el trago me supo bastante raro, pero no le di mucha importancia y seguimos bebiendo.

Ella me miraba y me sentía como hipnotizado, me dejó que hablara casi todo el tiempo. Lo único que recuerdo que me dijo es que le gustaba dar paseos nocturnos, que nunca había salido de ese pueblo por lo que le platiqué todas las maravillas del mundo, tanto tecnológicas como naturales; me dejé llevar por el entusiasmo como si le explicara a un niño todo lo que hay fuera del lecho materno. Seguí tomando aquella bebida y empecé a sentirme mareado, todo comenzó a darme vueltas, las caras de las prostitutas se alargaban y se agrandaban, reían a carcajadas. Me levanté y me recargué en la barra, me sentía drogado con las piernas sin fuerzas, le pedí a la figura oscilante del mesero un vaso con agua mientras me secaba el sudor y me desabrochaba la camisa. Me empiné el vaso y respiré hondo y pausado para calmarme. Mabel se colocó junto a mí, me tomó del hombro mirándome durante unos segundos hasta que rompió el zumbido que me provocaba el silencio preguntándome ¿Estás bien? Yo asentí con la cabeza, me tomó del brazo y me llevó por unas escaleras angostas rodeadas por herrumbre en las paredes húmedas hasta llegar a una recámara que parecía antigua, las paredes parecían estar cubiertas de algún tipo de tapiz rojo que le daba una sensación de oscuridad sólo alumbrada por algunas velas. Todo lo que pasaba a mi alrededor me daba la sensación de ya haberlo vivido, mi cuerpo se relajó sintiéndose ligero y sin fuerzas, me recosté en la cama y Mabel se sentó al lado mío fijándome esa mirada, en las esquinas de la cama había unos postes que soportaban una especie de carpa de terciopelo rojo que colgaba sobre mí. No sé cuanto tiempo habrá pasado, pudo haber sido un parpadeo o una eternidad, tal vez solo unos minutos que tardé en recobrar el aliento. Me enderecé y la besé, de pronto mi malestar se convirtió en excitación, una descarga eléctrica me impulsó a desvestirla y despojarla de su críptico atavío negro, su cuerpo desnudo era perfecto, su blancura reflejada solo por rayos de la vela con intervalos húmedos, brillantes de sudor. Lamí su cuerpo por algunos minutos tratando de encontrar un sabor que se quedara impregnado en mi memoria para poder recordarla cuando estuviera lejos, después la penetré. Ella no decía nada, sólo miraba frágil y fríamente, no había señal de excitación en ella, pero accedía a mis caricias sin molestia. Su única reacción era su sudor que se me antojaba frío y las contracciones de su vagina al sentirme entrar y salir de ella. Terminé haciéndole el amor somos si fuera un animal en celo hasta que quedé dormido, más bien inconsciente.











CAPÍTULO III


Desperté, miré alrededor pero me fue imposible reconocer algo, solo traía puesto mi pantalón y no recordaba habérmelo puesto, traté de moverme pero mi cuerpo me ardía como si hubiera estado expuesto al sol por mucho tiempo. Además me dolía la cabeza y me zumbaban los oídos –debe ser la cruda- pensé y me recosté. Traté de recordar lo que había sucedido la noche anterior, pero el rostro de Mabel se me escapaba, no podía recordar ningún rostro como si se escondieran en alguna parte de mi cerebro. Estaba sumido en mi pensamiento tratando de desencadenar mis recuerdos cuando la puerta de abrió de golpe sorprendiéndome.

-¡Ah! Ya despertó. Muy bien así me deja limpiar el cuarto.
-¿En dónde estoy?-pregunté.
-En la casa del señor Anastasio González, lo encontraron tirado en la calle esta madrugada, si no es por uno de los peones...-decía al tiempo que salía de la habitación; era una señora gorda y mal encarada, tal vez alguna sirvienta.
Me levanté. Bajé unas escaleras de madera y reconocí la amplia sala, me dirigía hacia una puerta cuando me detuvo la voz del presidente municipal.
-¿No se queda a desayunar?
-No gracias, daré una vuelta por la cloaca-salí lo más rápidamente posible a pesar del tentador aroma proveniente de la cocina. No llevaba camisa.
-Allá no va a encontrar nada, no sea necio-fue lo último que alcancé a escuchar.

Llegué a la posada, saludé a Pancho al cual vi de reojo pero me pude percatar de su cara de asombro. Subí rápidamente a mi cuarto, me miré en el espejo, todavía me sentía mareado y sin fuerzas. Me metí en la ducha para tratar de refrescarme, me metí en la tina y sentí arder como pequeñas heridas en mí cuerpo y repentinamente brotó un hilillo de sangre de mi cuello, me quedé pensando mientras el agua se teñía de carmín. De pronto me entró la sensación de estar dentro de un baño de sangre, de mi propia sangre y salí súbitamente del baño.
Me puse mezclilla, unos tennis, una camisa y salí decidido a explorar la cloaca y tratar de descubrir el por qué de las leyendas, el miedo del pueblo, antes de que yo también terminara creyendo en todas esas supersticiones. Estaba seguro que solo se trataba de su aspecto macabro. Tomé mi mochila y salí a pesar de mis malos presentimientos que atribuía a una sugestión provocada por la extraña noche anterior.

Llegué a la cloaca dispuesto a realizar un estudio del suelo y comencé a internarme. Conforme avanzaba, la bruma se hacía más densa, el silencio ensordecedor y sentía la humedad en mis pies, después charcos. Hacía un frío cavernal que contrastaba con el calor que se sentía en el pueblo, debía de ser algún fenómeno climatológico bastante raro que provocaba esa variación tan abrupta. Todo estaba inmóvil y sin embargo se sentía una presencia entre los caducos árboles y el maloliente musgo. Sentía que alguien me estaba observando, de pronto el crujir de la madera de los árboles inertes sin el verde característico. Una brisa fría me estremeció y un olor a podrido que traía el ambiente me hizo querer volver. Saqué un tubo de ensayo. Comenzaba a tomar una muestra de un charco cuando sentí un golpe en la espalda que me tiró de frente al agua. Me incorporé rápidamente pero no vi a nadie; el crujir se hizo intenso y los árboles parecían cerrarse sobre mí extendiéndome sus ramas como si quisieran agarrarme, corrí con dirección hacia el pueblo y me dio la impresión de escuchar unas risas tras de mí, pero no tuve la cordura ni la valentía de volverme para averiguar.

Llegué al pueblo y me senté en una banca de la plaza principal. Había algunas personas pasando con ese aire de indiferencia. Pensé en lo ocurrido y decidí dejarlo todo y mandar a la chingada el proyecto porque ya estaba comenzando a afectar mi sanidad mental. De pronto, vi a Mabel tras el kiosco observándome, me incorporé rápidamente y me dirigí hacia ella, pero al acercarme, al distraer la mirada ella desapareció. Decidí regresar a la posada, el sol brillaba en lo alto y su luz me deslumbraba molestándome de sobremanera.
Pedí a Pancho una cerveza y mientras la bebía le pregunté por Mabel y en donde podría encontrarla. Me respondió que en el pueblo no había nadie con ese nombre. Tomé otro trago mientras se la describía, su rostro palideció y le pregunté:
-¿Qué le pasa don Pancho? Parece que vio un muerto.
-Usted es el que anduvo con un muerto anoche, le advertí que no saliera.
-¿De qué habla?
-Esa mujer, la que me describió, no es de este mundo, es de ultratumba. Se alimenta de sangre joven cada luna llena y cuentan que se roba jóvenes; usted tiene mucha suerte de estar vivo. Fue cuando aquella zona se empezó a podrir cuando apareció aquella “dama”, muchos hombres quisieron conquistarla, algunos nunca se volvieron a ver. ¡Desaparecieron! Y los que tuvieron suerte huyeron clamando piedad a Dios, sufrían dolores intensos y la expresión de terror jamás abandonó sus rostros. Muchos se suicidaron, y de los que huyeron jamás se volvió a saber nada de ellos, le cuanto esto porque un sobrino mío desapareció. Mientras la cloaca crecía, la alegría del pueblo se extinguía. Esa muchacha es un monstruo, una criatura de la noche, váyase del pueblo amigo, váyase ahora que aún es tiempo, después no habrá vuelta atrás. Decidí seguir su consejo, pero primero tenía que descansar. Tomé la decisión de salir al día siguiente y subí a dormir.

De pronto, me vi navegando sobre una canoa, Mabel parada en un extremo dirigía la nave, era un lago con aguas tranquilas pero lleno de neblina, en la orilla había unos entes o seres deformes bailando alrededor de una fogata enorme de la cual las llamas parecían estar enojadas, no podía ver con detalle las figuras danzantes, Era como una espacie de ritual satánico. Los seres eran contemplados por un ser majestuoso pero horrible de ojos desorbitados y vidriosos, grandes colmillos, sin cabello, su piel era de color grisáceo, estaba sentado en un trono enorme de piedra con figuras demoníacas esculpidas a los lados. Llevaba el torso desnudo mostrando una poderosa musculatura, mediría unos tres metros de alto, comía carne cruda al tiempo que se carcajeaba. Preguntaba a Mabel quien era ese monstruo mientras veía su capucha que envolvía su rostro en una sombra impenetrable. Preguntaba que es lo que pasaba cuando levantó sus brazos al cielo y lanzó un grito desgarrador, se descubrió la cabeza y me gruñó mostrando unos colmillos afilados y un rostro aterrador que se me acercaba peligrosamente.






CAPÍTULO IV

Desperté. Todo había sido un sueño. Una pesadilla de esas que entran en tu psique cuando este ha sido marcado por acontecimientos que bien podrían pertenecer al mundo onírico. Para un ingeniero como yo, era demasiado para mi lógica. Encendí la lámpara y noté gotas de sangre en mi almohada, me incorporé y no pude evitar notar que el espejo estaba quebrado. La luna resplandecía y la sombra del marco de la ventana se proyectaba contra la pared de la habitación en forma de una cruz invertida. Sentí que era demasiado tarde para irme.
Me di la vuelta y traté de conciliar el sueño, había dormido toda la tarde y mi intención era dormir toda la noche ya que me sentía drenado mentalmente y fatigado físicamente. Estaba empezando a quedarme dormido cuando sentí que alguien se sentaba sobre la cama, yo le daba la espalda pero sentí el peso del cuerpo sobre el colchón. Yo no me atreví a voltear, sentí que se me helaba la sangre y se me paralizaba el cuerpo. Entonces me pareció escuchar la voz de Mabel que me decía suavemente: “ahora estás conmigo, no tengas miedo, solo déjalo fluir”.
Poco a poco la sensación fue desapareciendo, me incorporé, encendí la lámpara y prendí un cigarro. Noté una vez más el espejo quebrado, pensé en que sería el espejo quebrado de mi imaginación. Estaba muy confundido, no alcanzaba a comprender que estaba ocurriendo, todo había pasado tan rápido, yo siempre había sido escéptico a lo sobrenatural, pero por más vueltas que le daba no encontraba una explicación lógica. Tal vez me estaba volviendo loco o el cantinero me había dado alguna droga muy fuerte y estaba alucinando.
Salí rumbo al zumbidero dispuesto a conseguir una respuesta o por lo menos una explicación. La luna llena aún resplandecía como dibujada en el tela negra del cielo. Pensé en las palabras de Pancho, pero debía dejar el nerviosismo atrás y averiguar que estaba pasando. Crucé el pueblo desierto, me detuve al pie de la Cloaca, respiré profundamente y seguí rumbo al “zumbidero”, pero al llegar no vi el letrero de luz roja. Al entrar no daba crédito a lo que estaba presenciando, el lugar estaba en ruinas, abandonado, lo único que alumbraba el interior era el reflejo de la luna que se colaba entre las ventanas rotas al igual que las mesas y sillas. Parecía que había estado abandonado por mucho tiempo. La idea de interrogar al cantinero bizarro se había ido al suelo.

Salí del local. Vi a Mabel que cruzaba frente a mí a unos metros de distancia, iba a llamarle cuando descubrí con horror que estaba flotando. “!Dios mío, no tiene pies! ¿Qué demonios es esto?”. Se detuvo y volteó hacia mí, la miré fijamente paralizado sobre la tierra, ahí estaba ella levitando, burlándose de la ley de gravedad, me hizo un ademán extraño y siguió su camino mientras se desvanecía.
Decidí ir a casa de Anastasio González, comencé a sudar copiosamente y el estómago me dolía como si lo estuvieran taladrando. Llegué con muchos trabajos a la reja que delimitaba la propiedad del presidente municipal. Los perros me bloqueaban la entrada, eran cinco doberman que ladraban y brincaban contra la reja tratando de reducirme a pedazos. Por fin salió un peón preguntándome que deseaba; le respondí con mucho trabajo que necesitaba ver al señor González urgentemente insistiendo hasta que guardó a los perros y me condujo hacia la sala de la mansión. Allí salió el señor González como diciendo “se lo dije”.
-¿Qué le pasa? Está usted muy pálido, se me hace que está enfermo, le dije que no entrara a la cloaca, a lo mejor pescó una enfermedad rara.
-Ayúdeme por favor, cuénteme de Mabel, la mujer de negro, hábleme del “zumbidero”, de la cloaca, ¿Qué es realmente? ¿Qué es lo que pasa realmente en este pueblo?
Me dejé caer sobre su cuerpo, las fuerzas me habían abandonado, me arrastró hacia un sillón, mandó pedir una cobija, avivó el fuego de la chimenea que yo creía innecesaria en este pueblo, nos sirvió una copa de brandy y comenzó a hablar.
-Todo comenzó algunos años atrás, este era un pueblo tranquilo pero lleno de vida, yo recién había sido electo presidente municipal, el pueblo comenzaba a crecer y a prosperar, el progreso estaba llegando hasta aquí. Pero una noche yo estaba leyendo sentado donde está ahora usted sentado, leyendo con mi copita de brandy cuando de pronto los perros comenzaron a ladrar y los caballos alborotados corrían bastante asustados, me levanté tomé mi rifle y salí a ver lo que ocurría, cuando vi en el cielo una luz que caía, me deslumbró, me cegó por completo, era como un pequeño sol, después se escuchó un fuerte estallido como un trueno o como una bomba. Al día siguiente mandamos a 4 peones a que investigaran lo sucedido pero jamás regresaron. La verdad es que preferimos no enviar a nadie más y el pueblo decidió olvidar aquel incidente, pero desde ese día la zona se empezó a podrir ganándonos terreno.
-¿Qué pensó la gente de ello? ¿Por qué no mandó pedir ayuda al gobierno?-interrumpí con voz quebrada.
-Ja, el gobierno nada mas nos quitaría el pueblo y a lo mejor hasta nos aniquilan después de experimentar con nosotros. Mucha gente piensa que son brujas que vuelan en bolas de fuego y que vienen a llevarse a los niños, los más cultos dicen que es un meteorito que trajo una plaga cósmica. La verdad es que la cloaca fue aumentando y el progreso del pueblo se detuvo, la mayoría emigró y otros se aislaron por completo. Solo los que queremos al pueblo como yo nos quedamos-agregó guiñándome el ojo.-después apareció esa mujer atrayendo aventureros y conquistadores de rancho, pero también sembró miedo y dolor.
-¿Qué hay del zumbidero?
-Esa es una cantina que ya lleva tiempo abandonada, el cantinero y todavía dueño del inmueble fue una de las conquistas de tu amiga, desapareció sin dejar rastro.
-pero yo estuve allí, yo vi al cantinero, yo tomé, todo era real. Escúcheme, yo estuve allí.
-Amigo, yo creo que está en graves problemas, creo que fue víctima de aquella mujer y la verdad no sé que decirle, pero le esperan tiempos difíciles e inesperados, ahora si me disculpa me retiro a mis habitaciones, siéntase como en su casa y descanse que lo va a necesitar.
Subí con trabajos y entré en la primera habitación que encontré y me acosté en la cama, mi cuerpo estaba bañado en sudor y toda la habitación daba vueltas, sentía que mi corazón iba a estallar, todo mi lado izquierdo me hormigueaba, todas las imágenes de la pesadilla que vivía pasaban como cortos de una película. Por fin quedé inconsciente. La imagen de Mabel estaba clavada en mi mente como si tuviera clavos en mi cerebro.









CAPÍTULO V


Era un salón grande con mesas alrededor, mesas rectangulares, decoradas a la antigua con maneteles rojos y velas negras sobre candelabros barrocos. El techo estaba bastante alto y del centro colgaba un candelabro impresionante lleno de velas en cuya parte baja tenía esculpidos una especie de ángeles demoníacos, yo llevaba un traje negro bastante elegante y daba vueltas en el centro de la pista, unos humanoides que se me figuraban unos maniquíes tocaban un vals oxidado, afuera se vislumbraba una tormenta por los grandes ventanales. El viento soplaba fuerte y producía un acompañamiento turbulento a la banda plástica. Yo parecía personaje de novela bohemia de alguna época remota de París, un forastero que llega a enamorar a la mujer más codiciada del pueblo que a su vez resulta ser la más misteriosa, al final tendría que pagar el precio del preciado trofeo. De pronto entró ella vestida de negro en un atuendo medieval coronado con olanes. Me tomó de los brazos y comenzamos a bailar una danza macabra a ritmo semi lento como dos enamorados condenados a vivir en una oscuridad olvidada por dios, de pronto comenzamos a girar y tenía la sensación de estar flotando dando tumbos por el espacio como si la gravedad solo fuera un concepto teórico del que me podía burlar sin compasión. La sensación de ingravidez me fascinaba, a pesar de no tener un control absoluto sobre mis movimientos que más bien parecían ser dictados por los ojos de ella. Un baile romántico en el sentía su cara demasiado cerca llenándome de un éxtasis exquisito, hipnotizando y adormilando todos mis otros sentidos. Hechizado en una danza sombría y hermosamente prohibida. De pronto, se escuchó un trueno que cimbró la mansión en la que bailábamos desafiando la lógica, nosotros regresamos al suelo y algo comenzó a golpear las ventanas como si cuervos extraviados ciegos de vida se estrellaran contra los cristales. Me dio la impresión de que estábamos siendo invadidos, la música distorsionó transformando los sonidos en chillidos emitidos por los instrumentos oxidados, los ojos huecos de los músicos se llenaron de vacío en unas expresiones acartonadas. Se levantaron confundidos como mirando a su alrededor mientras los golpes aumentaban de fuerza y ruido. Yo sentí que todo me daba vueltas como si fuera trepado en un carrusel del infierno. Mabel entonces desaparecía flotando espectralmente contra una pared mientras las ventanas se quebraban haciendo volar los cristales rotos por toda la cámara. Sombras comenzaron a caer sobre la habitación y yo tirado en el suelo escuchaba los truenos y más cristales romperse, todos mis nervios se crisparon al igual que todos mis vellos que ahora parecían púas metálicas. Asumí la posición fetal sintiendo unas garras frías sobre mi espalda y cristales helados y punzocortantes sobre mi piel, algo me levantó por los aires a una velocidad asombrosa; traspasamos el techo que ahora se desmoronaba ante la embestida de estos atacantes infalibles, yo sentía que me perdía entre la tormenta que ahora mojaba mi rostro, trataba de ver que cosa me tenía agarrado surcando los cielos verticalmente pero no podía ver nada, todo se me escapaba, solo sentía agua fría y neblina a mi alrededor, me costaba trabajo respirar y me parecía escuchar los susurros de Mabel entre el cortante viento. Entre la oscuridad sentí que empezaba a caer como si la gravedad hubiera tomado venganza y me empujara hacia abajo con el doble de velocidad rompiendo el aire, las nubes y la lluvia. Ya nada me sostenía y caía irremediablemente rumbo a las ruinas. Repentinamente el suelo. Sentí una bofetada y desperté mojado en sudor y perdido en un mundo que ya no me era real ni mucho menos mío. Estaba perdido entre dos mundos. El suyo y el de ellos.



CAPÍTULO VI



Esa mañana bajé y traté de desayunar cereal con leche. Lo vomité sin ni siquiera digerirlo, sin pausas ni introducciones sobre la mesa del comedor. No encontré al señor González por ningún lado. Descubrí una nota deseándome suerte y ofreciéndome ayuda incondicional.

“Espero que su estadía en el pueblo sea placentera, no dude en pedirme lo que sea. Espero también que su nueva vida esté libre de culpas y dolor. Recuerde que la culpa es sólo miedo al castigo, pero que tal si no existiera ningún castigo?”

Salí de la hacienda, todavía estaba mareado y recordé que casi no había comido nada en los últimos días. El sol me molestaba muchísimo, me cegaba, el calor era insoportable, tenía ganas de arrancarme la piel. Sentí nauseas y vomité de nuevo, sentí que arrojaba todas mis tripas. El dolor era agudo y penetrante. Me desesperé, sentía una fuerte ansiedad al no saber que me pasaba, qué enfermedad me estaba comiendo por dentro. Caminé casi arrastrándome. Me sentía asqueado y nauseabundo, sentía que algo me iba a estallar dentro de mi cuerpo. Cruzar las calles polvosas fue tremendamente difícil, como si tuviera que haberlas cruzado después de haber corrido un maratón, deshidratado, deshecho, utilizando las paredes como soporte y muchas veces el piso que detenía mi caídas. Al llegar a la posada miré a Pancho suplicándole sin decir nada que me ayudara a subir para poder descansar en mi habitación. Una vez en la cama quedé inmóvil ya que todo movimiento me dolía, Pancho dejó la habitación llevando una cara de preocupación que me asustó más a mí. Me miró como si estuviera viendo a un desahuciado y se podía adivinar que él apostaba que esta sería la última vez que me vería vivo.

Traté de conciliar el sueño y pasé toda la tarde tiritando con la mirada fija en las figuras dibujadas por la madera del buró, tratando de convencerme que el malestar era pasajero y que en cualquier momento me libraría de él aunque fuera debido a la muerte.
Al anochecer sentí una mano fría que me tomaba del brazo y me obligaba a levantarme de mi refugio, levanté la cabeza y vi a Mabel, me sobresalté y me eché hacia atrás, tenía ganas de llorar de angustia, me volvió a tomar y no tuve fuerzas para resistirme; con el día se habían ido mis esperanzas. Me condujo entre las callezuelas hacia la Cloaca y empezamos a penetrar entre la humedad fría y espeluznante. Ahora mi cuerpo temblaba sin control y sentía que ya no estaba consciente del todo. De pronto llegamos a un claro rodeado de los pútridos árboles en donde estaba dibujada una estrella de cinco picos, un pentagrama hecho de un material que me pareció muy raro, era negro con el contorno blanco. Cuando me di cuanta ya estaba en el centro de la estrella, desnudo y desfallecido. Observé a Mabel de frente a mí, estaba desnuda, tras ella la silueta de un ser enorme, su sombra la cubría ocultando su desnudez y la sombra de su cabeza me tapaba a mí. Era muy parecido al ser de mi sueño. Mable comenzó a hablarme:
-Ahora formas parte de nosotros, nuestra raza viene de un lugar lejano del cosmos, somos fugitivos de otro mundo, nos alimentamos de ustedes, durante siglos muchos de los nuestros se han refugiado en este mundo, muchas leyendas se han construido en torno a nosotros, muchas veces llamados vampiros. Nosotros tenemos el poder de desafiar la gravedad, de levantar a los muertos y de burlar la muerte, de esparcir la plaga y nuestro virus, de envejecer 10 veces más lento que un hombre, de tomar varias formas y ahora todo eso estará a tu disposición, ahora formas parte de nuestro ejército-levantó la voz en la última frase y lanzó una carcajada que contrastaba con el tono de su voz.
No sé a ciencia cierta a que hora perdí todo conocimiento. Pero cuando me reanimé estaba solo en la cloaca y los molestos rayos del sol se colaban entre las ramas.


CAPÍTULO VI


Salí de la Cloaca al atardecer, todavía no comprendía bien lo que estaba sucediendo. Tenía algo que se podría llamar una confusión cósmica o confusión psíquica. Llegué al pueblo y lo noté más árido y desolado que de costumbre, el aire soplaba con fuerza y levantó una nube de polvo que no me dejaba ver más allá de un metro. Alcancé a ver la hacienda y me pareció sin vida, caminé hacia la plaza y todo estaba tan solitario. Solo, ahora todo está perdido, aferrado a un recuerdo que cada momento se hacía más lejano. Parecía que eran como las seis de la tarde; todo estaba en ruinas, el pueblo parecía abandonado, las casas derruidas, debía haber estado en la cloaca por algunos días. No sé a ciencia cierta en que momento morí. En que momento de aquella tormentosa noche había muerto o tal vez ya había muerto desde la anterior o a lo mejor ya había llegado sin vida a este pueblo inmundo. Me senté en lo que quedaba del kiosco, sólo escuchaba el sonido del viento y me solté a llorar, a gritar, a lamentarme.
Comencé a pensar en lo que me había convertido realmente, “ahora soy un monstruo, un muerto que camina, una leyenda, ahora ya no existo para la gente, me siento tan solo, abandonado, miro alrededor y no queda nada, sólo mis lágrimas sobre el polvo, quiero mi vida anterior, quiero que todo sea como antes, ahora nunca volveré a ver la luz, el sol, el día, ahora todo será sombras, oscuridad, sólo la luna y la noche.

Está empezando a caer la noche sobre mi noctívaga presencia mientras escribo estas líneas, ahora mi malestar ha disminuido considerablemente, trato de recordar cómo me metí en todo esto, cómo cambió mi vida tan repentinamente, pero todo se esfuma, se me escapa de mis pensamientos. Total, tengo toda una eternidad para reflexionar. Ahora sólo queda soledad, cenizas y miedo. Miedo, ahora la gente me tendrá miedo, tendrán temor de mí, ¡Bah! La mayoría de la gente pensará que no existo, que soy un mito. Me pregunto si algunos me perseguirán. Ahora que ha caído la noche todo está oscuro, sólo las estrellas agujereando el cielo me saludan. Mi malestar ha desparecido, me incorporo, me estiro y comienzo a caminar. Mis sentidos están agudizados, puedo ver perfectamente y distingo cada sonido, inclusos el ruido de las estrellas. Jamás me había sentido tan bien. Me siento mucho más fuerte. La pesadilla ha terminado, ya no hay dolor ni sufrimiento. Después de todo no es tan malo ser un vampiro o un alma vagabunda atrapada en este cuerpo ya muerto. Creo que voy a ir a buscar a Mabel, necesito que me enseñe algunos trucos y me guíe en mi nueva existencia. No me tengo que preocupar por trabajo ni nada de lo que pase en este maldito mundo, desde ahora para mí será una existencia alternativa, al margen de todo lo que suceda, sólo pensaré en divertirme. No creo que me cueste trabajo acostumbrarme a ser un vampiro, incluso me está gustando mucho la idea, ja ja ja ja...


OSWALDO PEREZ CABRERA

viernes, 30 de marzo de 2007

El Viejo

El viejo
Oswaldo Pérez Cabrera
Siempre aparecía el Viejo arrugado por el mismo corredor angosto y angustiado. Los ojos inyectados de sangre, la mirada perdida desde hace tiempo como mirando la siguiente capa que hay más allá de la tercera dimensión. La barba de una semana es como una nevada sobre su cara porosa. Me mira como si me quisiera reconocer. Acá de este lado apesta a alcohol. Del cielo siguen lloviendo fuegos y truenos. El viejo es tan pálido que me hace recordar que estamos tan cerca de la muerte. ¿Por qué no nos mandamos a mudar a la otra vida? Todos de una vez, sin invitación y dejamos a la tierra en paz. Cada vez nos volvemos más frágiles. Todos se protegen las cabezas y llueve agua sucia entre los estallidos.

Siempre que aparecía el viejo me producía una especie de asco, de repugnancia que me provocaba su boca chueca como apuntando hacia el sur. Me acuerdo de Monique y su boca de la cual, ella escribió una apología al sexo oral. Me preguntó si ella se habrá escapado o se habrá alineado o seguirá luchando ¿Cómo se verá su boca entre las llamas?

Nunca me había dado tanta curiosidad la rutina del viejo blanco y su sanidad. Tal vez porque todos se están yendo poco a poco, nos vamos quedando más vacíos. Nos vamos quedando solos. Tal vez como buscando algo que me identificara con los restantes. El viejo baja hacia su rutina que ya no creo que sea laboral porque no creo que pueda trabajar en ese estado. Camina como si fuera un fantasma que está atrapado en su rutina. Hay gente que no puede vivir sin rutinas. Cuando la guerra llega ellos ya son cadáveres que siguen repitiendo las mismas acciones día tras día. ¿Qué pasará cuando el viejo llegue a su cuchitril y lo encuentre derruido?. Inexistente.
El sol comienza a salir chiquito, entre una grieta de humo y ya empezamos a respirar pesado. El veneno surfea sobre las partículas de aire.
El viejo se desploma sobre el pavimento con una sonrisa chueca en la cara y un espíritu derrotado.

OSWALDO PÉREZ CABRERA

Vancouver y las soledades de los exilios existentes e imaginarios.

Vancouver es vidrio. Vidrio color edificio. Vancouver es agua, mucha agua. Vancouver es montaña y bosques inconmensurables, pero también es TCH y soledad. Sobretodo soledad. Y es húmeda, una soledad húmeda que embarga la ciudad y que vive bajo la sombra de la duda, una metrópoli húmeda como si viviéramos entre las piernas de una ninfómana, el agua casi siempre viene desde arriba en forma de pequeñas caricias frías. Miles de astillas de espejo que caen reflejando las nostalgias de los exilios y las tierras abandonadas o retratan los sueños de ciudades futuras. Mil dolores pequeños.
Los callejones se llenan de charcos canallas que son pisados inmisericordemente. Vancouver es la libertad que equilibra el sentido del distanciamiento. Libertad de fumar marihuana en las calles y los mismos sexos tienen uniones legales. Es el sexo multicultural, coitos en diferentes lenguajes y combinaciones obtusas. Es la libertad de ser estrafalario. Vancouver es la ciudad que espera la destrucción entre sus placas tectónicas. Las drogas que se quedan atoradas en el puerto y se distribuyen entre los rincones abruptos de la parte este de la ciudad en donde las sombras se escurren por las sucias trastiendas entre adornos de preservativos usados y jeringas infectadas con enfermedades mortales. La pobreza se asoma entre promesas políticas y programas sociales, pero el sol entra chiquito entre las grietas donde se esconde el crack imaginario. Paranoias en do menor. Esquizofrenia en tonos mayores, voces que se entremezclan con las de las autoridades represivas. Contradicciones de la libertad. Vancouver es la tierra nativa con aires intoxicados de cerveza y brillo de luna etílica. El opio de los antepasados. La Tierra robada a la naturaleza.
La última sonrisa femenina viene siempre acompañada de agua salada, vamos acumulando kilómetros e historias, capítulos inconclusos, círculos no perfectos, luces que no se apagan, televisores que se encienden solos, fragmentos de vida capturados en papel mate, ondas que circulan por las soledades de Vancouver, mi voz en un altoparlante desconocido, el sabor de la vulva femenina que se va junto con el monte venusino canoso con mi esperma borracho, líneas calientes con psíquicos, la yerba que siempre fluye, hambrientos y sedientos en preámbulos apocalípticos, la letra impresa revoluciona, el ciberespacio nos unirá a todos en contra del imperio del mal. Más o menos así va la vida. Vivir del aire; con las mujeres de Vancouver que se lamen las heridas de la soledad y la incapacidad de formar una relación estable con los hombres necios de regiones frías; y nosotros tan disfuncionales. Yo sigo en mi cueva blanca con ilustraciones mate, rejas entre el callejón y el humo del puro. Hasta que el vino reemplace la sangre.
Hasta que el vino reemplace la sangre.

OSWALDO PEREZ CABRERA

miércoles, 28 de marzo de 2007

El Niño Prodigio

El niño prodigio
Oswaldo Pérez Cabrera

El niño prodigio podía hacer cálculos matemáticos con una facilidad increíble, como si tuviera una calculadora impregnada en su cráneo. El niño prodigio no se alimentaba bien porque no había mucho alimento en donde le había tocado vivir, de hecho, dormía en una casa de cartón corrugada al borde de un desierto lleno de uranio. El niño prodigio sabía, sin embargo, que eso no duraría mucho y gracias a sus cálculos estadísticos sabía que moriría antes de llegar a la adolescencia. Fue entonces cuando llegaron los extraños. Él ya los había predicho. Había dicho en su lengua natal que la avaricia de unos pueblos iba a traer a unos uniformados ridículos que traerían más miedo y destrucción. Igual que su líder. El niño prodigio asombró a propios y extraños con sus hazañas mentales y se habló seriamente de exportarlo. Los uniformados se divertían con él a través de un intérprete que hacía algo de dinero extra con el fenómeno mientras él decía que de la tierra salían gases tóxicos. Él niño vaticinaba a los hombres de guerra cuanto tiempo iban a vivir dependiendo la cantidad de toxinas y radiación que había ya en el ambiente y las probabilidades de morir por una bala enemiga. Lo más sorprendente fue cuando empezó a hablar acerca de gusanos ínter dimensionales y la posibilidad de viajar a través del universo y tal vez, viajar a través del tiempo. El niño prodigio lo creyó posible. Todos, incluidos los hombres de guerra pensaron que algún día sería capaz de informarnos como viajar más allá de la velocidad de la luz hacia confines nunca antes vislumbrados por el hombre. Yo pensé que podría incluso ser milagroso porque estoy seguro de haberlo visto curar gente herida con el simple hecho de tocar y acariciar con sus ojos color desierto. Sacaba metal hirviente del cuerpo de los inocentes o a veces los dejaba morir sin mostrar misericordia, como si supiera si eran salvables o no, con el simple hecho de mirarlos a los ojos. Yo me preguntaba si este infante era capaz de leer los secretos entre la vida y la muerte. O si poseía algún tipo de licencia divina. La guerra es un asunto caprichoso y los destinos son distorsionados frecuentemente y con rapidez. Como podría alguien haberse imaginado que un piloto podría ser tan estúpido. Aunque el niño mismo había dicho en una ocasión que para ser soldado se necesitaba ser un poco bruto. Pero no al grado de tirar una bomba en una ciudad ya tomada matando soldados aliados y civiles. La bomba cayó hambrienta de sangre y con una fuerza devastadora. Ese día, en aquel desierto, el niño prodigio apenas la vio venir y no le dio tiempo de predecir en cuantos pedazos quedaría destrozado su cuerpo.

OSWALDO PÉREZ CABRERA
Vancouver 2004

El Viaje generalmente duraba una hora

El viaje toma generalmente una hora
Oswaldo Pérez
El viaje toma generalmente una hora. Tal vez algunos minutos menos. De cualquier forma tengo que viajar encerrado en este gusano metálico como si fuésemos alimentos de conserva. Todas las miradas se cruzan. ¿Qué pensará la señora rubia artificial que está aplastada frente a mí? Tiene una expresión dura y una mirada que parece que juzga almas. Tal vez esté deprimida porque la edad se le vino encima. Todas las miradas están cruzadas, miradas de distintos colores; azules, cafés y negras posándose en otras miradas multicolores y pieles poli cromáticas. Pieles negras, amarillas, cafés; pieles con turbantes, con dioses que hablan en diferentes lenguas, pieles que guardan secretos oscuros.
El sol entra de lleno mientras el vaivén del tren hace dormir a una chica de aspecto oriental. Un humanito de color nos hace sentir su inconformidad pese a que va acomodado en su carreola. Yo miro hacia afuera como buscando un amor perdido, como si ella fuera a aparecer en un tejado brincando y haciéndome señas para que escape de la lata de metal que sirve de transporte hacia la monotonía y me mude a otro tipo de transporte que me conduzca a una felicidad etérea. De lo único que me percato es de una telaraña de cables negros, una maraña casi indescifrable, casi como las miradas que se cruzan aquí; líneas rectas, curvas, amontonadas...La ciudad es una red de cables que hacen las veces de sistema nervioso central. Comunicación. Imagino la red de conexiones que se deben de suceder bajo el asfalto irreductible; escondidas bajo ese concreto sin sentimientos. Pero allá abajo no hay miradas, sólo oscuridades que se interceptan indefinidamente. Muchos me ven con ojos extraños, no están acostumbrados a ver a alguien escribiendo mientras viajamos por las vías. Un par de miradas pesan sobre mis hombros, tanto el derecho como el izquierdo; tratan de comprender este lenguaje ininteligible para ellos, tienen caras de cartón y si se dedicaran a disimular se morirían de hambre. The next station is........Broadway. Informa una voz aburrida que no duraría ni una llamada en una hotline. Una manada de gente se arremolina con bolsas y paquetes diversos. Entre el vientre abultado de un guatemalteco y el portafolios de un yuppie constreñido distingo unos ojos azules, construyo lo que falta del rostro con mi imaginación, la nueva ola de gente ha traído un calor soporífero. De pronto se abre un espacio entre el centroamericano y el cara de pedo. Una figura angelical queda al descubierto e inmediatamente después busco que nuestras miradas se crucen creando una conexión indestructible. Ella me mira mojándose los labios. Yo le sonrío aprobando su mirada azul como el cielo invernal. Ella lleva una identificación que me hace suponer que es oceanógrafa; nos miramos largamente sonriendo deliciosamente.

The next station is.........Metrotown. The next station is .........Metrotown. Repitió la voz somnolienta como disco rayado. Ella soltó una risotada y me preguntó algo sin mucha importancia, la voz dulce fue como una copa de vino. Un par de preguntas más entre el ruido blanco del tren y una invitación después, ella se levantó del asiento haciéndome una seña para que me bajara con ella. La seguí obedientemente. Me llevó de la mano por las calles aledañas al centro comercial, subimos hasta un departamento encumbrado en un edificio, el piso 17 para ser exactos. Nos besamos con una ráfaga de electricidad incontrolable cuando todavía no llevábamos ni un par de sorbos de la limonada fuerte condimentada con vodka. Su boca se convirtió en un elixir y nuestras manos comenzaron a explorar arrancando botones. Sus piernas acabaron sobre mis hombros y su mirada azul se transformó cuando me sintió dentro de ella; sus senos bailando bajo mi mirada de complacencia. El concierto de gemidos se perdía entre una melodía barroca de Bach. Esa tarde decidí faltar al trabajo y acordamos tratar varias posiciones antes de quedar rendidos sobre la alfombra gris. Después los encuentros se hicieron regulares. Ahora mis rutas en el gusano metálico se multiplicaron. De mi casa al trabajo entre las marañas de miradas, del trabajo a su casa entre las marañas de miradas nocturnas y de su casa a mí casa entre algunas pocas miradas, muchas veces miradas matutinas. En alguna de esas sesiones fue que nos enamoramos. Tal vez fue cuando la tenía de frente a la ventana y yo por detrás sentía sus nalgas suaves mientras veía pasar el gusano metálico y me imaginaba que si alguna de esas miradas se le ocurriera mirar hacia nuestra dirección nos descubriría reinventando el amor. Para mí, el rumor del metro era como el soundtrack de nuestra aventura. Después de una de esas sesiones kilométricas me informó que la habían asignado a una pequeña ciudad de esas que lamen el mar sobre la isla de Vancouver.
Ella sugirió que me mudara con ella a aquel paraíso oceanográfico. Yo acepté perdido en aquella cabellera negra azabache. Al fin y al cabo acababa de vender una novela y tendría dinero suficiente para vivir holgadamente por un año sin necesidad de trabajar. Podría dedicarme por las mañanas a dormir, a dar un paseo sobre la playa y después a escribir y cocinar; porque la casa daba a la playa y los atardeceres daban a la ventana de la cocina. Entonces ella vendría de trabajar y después de algunas copas de vino tinto, comida y yerba haríamos el amor por enésima vez…
The next station is......... New Westminster. Anuncia esa estúpida voz y ella se para de prisa sacándome de mi letargo. Me sonríe con una mirada cómplice que no logran interceptar las otras miradas y sale del vagón mirando su reloj. Yo me quiero parar a seguirla, pero el trabajo me aguarda en la siguiente estación que bien se debería de llamar Felicidad y no Monotonía. Yo me quedo esperando a que pasen los últimos dos minutos que faltan para que llegue a mi destino entre el mar de miradas cruzadas dentro de esta lata de sardinas humanoides pensando que el viaje generalmente dura una hora, aunque a veces es difícil precisarlo.
Oswaldo Perez

Vancouver 2001